Reflexiones, más o menos acertadas, sobre Mozambique (1)
Finalmente, decidimos hacer la ruta por el sur de Mozambique. Cabo Delgado y sus prometidos colores, Tete, con su descomunal lago de Cahora Bassa, el África profundo de Niassa, Sofala, Zambezia…, permanecerán, en el norte, esperándonos hasta el siguiente viaje, y, sobretodo, en nuestra imaginación a falta de una experiencia que las convierta en algo parecido al recuerdo. Nuestra ruta comenzaría en el pueblo de Catembe. Esta pequeña zona pesquera está enclavada en la Bahía de Maputo, frente a la misma ciudad. Uno de sus habitantes nos dijo que la aldea estaba destinada a convertirse en una especie de prolongación adinerada de Maputo, una suerte de promesa de una city capitalina que comenzara a extender las bondades de la vida urbana hacia el sur de la provincia. Esto, sin embargo, fue antes de que la Guerra Civil entre el FRELIMO y el RENAMO acabara con gran parte de las infraestructuras del país. Catembe, llena de polvo y edificios a medio construir, o a medio derruir, casi ha pasado a ser una aldea más de las que podremos encontrar si continuamos, rumbo sur, por la carretera hacia Bela Vista y Ponta do Ouro.
Para llegar a Catembe desde Maputo necesitábamos alcanzar el puerto de la Baixa, o parte baja de la ciudad, en la Avenida 10 de Novembro. Allí, cogeríamos el llamado Ferrybote, que, dependiendo de nuestro equipaje y del tiempo que tuviéramos, podríamos optar por “o barco pequeno”, el más rápido e incómodo, o por “o barco grande”. Veinte minutos nos separaban de la aldea de Catembe, de su bienvenida de playa y monte y de su ajetreado muelle. Cuando alcanzamos el lado opuesto de la Bahía de Maputo, estaba claro que habíamos dejado ya atrás la relativa comodidad cosmopolita de la capital. Los socavones de las carreteras asfaltadas de Maputo dieron paso a los desniveles en la arena prensada de Catembe. Atrás quedaron los altos edificios y los de estatura mediana, las sedes ministeriales, las embajadas, los resorts, los guardas de seguridad apostados, en acalorada ociosidad y aburrimiento, al pie de las cancelas de las residencias privadas y en la puerta de los comercios. Cuando se comienza a caminar por el muelle de Catembe, la vida rural mozambicana te golpea en los ojos como el humo de carburante en la cubierta del “barco pequeno”. El color ocre de sus caminos, el óxido marrón del muelle y los tonos avellana de su playa nos hicieron olvidar la suciedad urbana de la capital. Se veían pocos, muy pocos coches, los justos y necesarios para desbordarlos de bultos y personas y jugarse la vida por las carreteras de tierra que unen las aldeas. Aun así, las carretillas y la cabeza de las mujeres parecen ser el primero y más importante medio de transporte de mercancías en el campo.
Los mozambicanos tienen una clara aversión a ser fotografiados. Quizá razonablemente, no ven con buenos ojos que utilices su imagen para hacer un reportaje gráfico de revista y que ellos no puedan siquiera arreglarse para el retrato. Es bastante frustrante, pero, hasta cierto punto, comprensible. Esperan que te intereses por ellos no sólo por sus exóticas vestimentas, su piel negra y que tu foto sirva únicamente para enseñar a los amigos y familiares y decir que estuviste allí. No les gusta ser observados por la lente de una cámara cuando no saben quién se esconde detrás. Quizá parezca que esto responde a una mentalidad algo pueblerina, pero lo cierto es que esta actitud hacia el turista va, normalmente, acompañada de una predisposición absoluta a la charla, y, pocos minutos después, de una divertida sesión fotográfica en la que el mozambicano (así llaman, y se hace llamar, al mozambiqueño negro, descendiente de los antiguos pobladores y, más tarde, esclavos) posará con su mejor sonrisa. El único problema es que no siempre hay tiempo de abordar a alguien, para hablar o para comprarle algún artículo y entablar así un mínimo contacto, cuyo rostro o cuya actitud te ha sorprendido antes de hacerle una fotografía, y el hecho de que acaben posando para ti termina por estropear la naturalidad y la magia de la imagen. Estoy pensando seriamente en comprar los servicios de todo el que venda algo con tal de que deje fotografiarse en actitud relajada, en su quehacer rutinario. Bollos de pan, cerillas, cosméticos, galletas, CDs pirateados cabrán en cantidades industriales en mi mochila si, a cambio, consigo fotografiar algunas situaciones casuales y rutinarias a no más de cuatro metros.
Después de pasar un agradable rato en Catembe, con dos CDs piratas más en la mochila y otras tantas cervezas en el estómago, cogimos una chapa hacia el pueblecito de Salamanga. El campamento al que nos dirigíamos estaba a 8 kilómetros al sur de esta aldea, pero llegar allí nos tomaría unas 3 horas más enlatados en el asiento de atrás de una chapa. Más adelante explicaré un poco más esto de las chapas, medio de transporte indispensable en la vida del pueblo mozambiqueño, alma y auténtica constante en el paisaje del país. El viaje fue algo surrealista, pero ni las toses que la mujer que se sentó a mi lado me escupía con evidente mala leche, ni el calor agobiante que inyectaba el sol por la ventanilla y se me pegaba al cogote pudieron estropear la fantástica marcha desde Catembe a Salamanga. El sobrecargado machibombo, como llaman aquí a las chapas que se asemejan, por lo menos remotamente, a lo que es un autobús occidental, paró primero en un pequeñísimo grupo de pequeñas cabañas, que podríamos llamar aldea, y en la que sólo se bajó una persona de las cuarenta que podían viajar en la chapa. En este momento, hubo una incomprensible recolocación de los viajeros en los asientos de atrás, donde Ana y yo estábamos incrustados, dejando a mi lado a una mujer que no paró de reír mientras me pedía “dinheiro” para comprar rapé. La risa floja de la Bruja Avería en aquella lata de sardinas se fue contagiando como el bostezo, y, al poco rato, toda la Comunidad del Asiento de Atrás se había convertido en una fiesta al son de las burradas que me estaría diciendo la señora en shangane (una de las lenguas nativas de Maputo), y yo, en el Milikito del cachondeo.
Por fin, la señora Doña Rapé cansó de mofarse del extranjero, cambiándose de asiento y dejando a mi lado a una nueva inquilina que acabó siendo nuestra aliada para conseguir llegar al campamento, situado, como ya dije, a 8 kilómetros al sur de Salamanga, la última parada del machibombo.
Llegamos a Madjadjane a las 18:00, en una noche cerrada que dejaba ver el reguero de estrellas en común vía láctea, bien sentaditos en el asiento delantero de otra chapa más cómoda que la anterior (que tomamos en Salamanga) y tres horas más tarde de lo previsto. No puedo decir que mis primeras impresiones del campamento fueran mejores que las que tuve de la señora adicta al rapé. Ana y yo íbamos preparados para encontrarnos con una bonachona mujer, de grueso y gracioso cuerpo y cara risueña, que vendría a recibirnos dándonos la mano con su sonrisa brillante bajo el sol mozambiqueño. Nada, nada es lo que uno espera cuando viajas por este increíble país. Vinieron a recibirnos, después de unos minutos de tenso y desierto silencio en los que creímos ser víctimas de una emboscada en el corazón de la selva, tres personajillos confundidos entre la negrura de la noche, y en cuyos rostros nerviosos y sonrientes se reflejaba la incomodidad, el sofoco ante el visitante inesperado. El extraño portugués con que me pareció que nos saludó el primero no parecía prometer largas charlas sobre las costumbres y los “cómos” y “porqués” de los Madjadjane, y la única mujer del trío de bienvenida no parecía ser la gerente de nada sino del churumbel que cargaba a la espalda.

Comentarios
Dani, ¡qué suerte viajar a
Dani, ¡qué suerte viajar a una realidad tan diferente y saber disfrutar de ello! ¿te apetecería que te entrevistáramos en el programa de viajes de nuevosperiodistas "billete abierto"?
Hola Patri, ¿una
Hola Patri, ¿una entrevista? ¿A cara descubierta? ¿Con premeditación y alevosía?? Me dejas de piedra, no sé, explícame un poco más cómo sería, por favor. Si quieres, puedes escribirme al correo. Sea lo que fuere, muchas gracias por el ofrecimiento, ¡un saludo!
Dani, la entrevista será a
Dani, la entrevista será a "alma" descubierta. La cara, por ahora, no hace falta mostrarla :P La radio es así. Patri, Ana y yo hacemos un programita bastante sencillo llamado "Billete abierto" (desde esta misma página puedes escucharnos, mira arriba a la derecha, donde dice "últimos programas", junto a los de "Inquieto pensamiento"). Es sencillo porque contamos con medios muy reducidos, el estudio lo tiene ya la facultad y... Ya que no se usa prácticamente en la tarea docente, lo hemos tomado como "nuestro". Puesto que no hay centro emisor en la facultad (tanto despliegue técnico no es posible), lo grabamos y ya lo colgamos luego en Internet. La sencillez habla también desde la inexperiencia sobre el terreno.
A lo que vamos, el programa dura una media horita y la entrevista es muy simple. Es para que nos cuentes tu experiencia como viajero. No hacemos preguntas comprometidas, eso se lo dejamos a los papparazzi! Escúchanos y compruébalo tú mismo ;)
Próximamente tendremos un programa sobre el "Día del libro", que, obviamente, lo llevamos con retraso, pero es contra nuestra voluntad, por falta de participación y también por tiempo.
Gracias por escribir! Un saludito!
Ey, Daura, ¿y cuándo
Ey, Daura, ¿y cuándo sería eso, entonces? Tengo que decirte que hablar se me da bastante mal, pero en fin, supongo que es una buena causa.
Hola, Dani no? Pues si
Hola, Dani no? Pues si quieres y puedes, contamos contigo para la próxima semana mismo porque ya tenemos propuesta para esta semana. Avísanos por aquí o bien a través del correo del programa: billeteabierto@nuevosperiodistas.com. Muchas gracias por participar con nosotros en el programa ;)
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