Día 2: Y no podría ser más feliz

Me levanto. Desayunamos Sergio, Fabrizio (que nunca sabré porqué lo llaman así porque su nombre es Salvatore) y yo. Les explico que mi viaje empieza en Milán y que quiero llegar hasta Auschwitz y volver, que por donde pasaré en la ida y en la vuelta es un misterio. Así que tras debatir la mejor ruta me decido a partir rumbo Auschwitz por Suiza, Alemania y República Checa.

Con los consejos oídos, y tras decidir que ese era mi último día en Milán (en un principio tenía pensado estar más tiempo, pero decido ponerme en marcha lo antes posible), me dirijo a reservar albergues en Zurich, Munich y Praga.

El ordenador me coloca el albergue de Zurich a unos 50 euros de distancia por una sola noche. Esto hace a mi cabeza pensar que en Suiza iba a dormir en la calle otra vez (sólo he estado 3 noches en Suiza, y 2 he dormido sin colchón y sin techo). Véamos Munich... 25 euros la noche, ¡aceptable! (reservo para 3 noches). Y Praga 17 euros la noche, "pues póngame otras 3 noches". Meto el número de tarjeta de crédito, apunto los domicilios de los albergues y los números de reserva en mi cuaderno (del que salen estas líneas y del cual no podré separarme en todo el viaje por su importancia) y confirmar la reserva.

Miro la pantalla, un sudor frío resbala por mi frente, un escalofrío recorre mi espalda, se me acelera el corazón y no hay forma de poner los ojos en sus órbitas. Hecha y confirmada la reserva no hay marcha atrás, y al lado del nombre "Praga" me sale un 300 en el precio. Segundos después, y tras haber pensado en darme latigazos hasta que mi estupidez desapareciera, me fijo bien en el monitor y veo escrito al lado del 300 las benditas letras KC. Mi conclusión rápida fue que KC significa Koronas Checas, mi conclusión más pausada es "¿por qué escriben coronas con k?".

Tras el susto decido acompañarlos al trabajo. La unidad de oncología y hematología del Istituto Clinico Humanitas. Cargada la visita de gran significado para mí porque en mis 8 meses de trabajo allí me encontré con un grupo de compañeros fantástico, y porque de no haberme enfrentado allí con mi pasado estoy seguro de que no sería quien soy a día de hoy. No entraré mucho en el tema, pero lo vivido en esa unidad (con sus dramas, tragedias y momentos felices) recuperó en mi algo que daba absolutamente por perdido, motivos para seguir adelante.

La tarde la invierto en visitar Milán yo solo (como en los viejos tiempos). Así que cojo el metro y llego hasta la parada "Duomo". Cuando subo las escaleras me encuentro de frente con un día soleado y con la impresionante catedral, uno de esos monumentos que hacen que la idea de darle la vuelta hace que te duelan las piernas. Por fortuna para mí el Duomo se encuentra con el andamiaje de las obras reducido respecto a como lo conocí, con petulancia pienso "la catedral se ha puesto bonita para mí".

En la misma plaza me veo a Garibaldi sobre su caballo (este hombre fue un héroe italiano que luchó contra los franceses entre otros). Y a mi izquierda la Galería Vittorio Emanuelle con sus carísimas tiendas y con un toro al que en el pasado se le veían los genitales (sí, he escrito genitales). Digo que se le veían porque ya no se les ven, en el lugar donde el toro tenía "todo aquello" hay un hoyo hecho a fuerza de pisar la zona con el talón y girar pidiendo deseos. Así son las costumbres en Italia, tan pronto castran a uno para que cante en tonos agudos, como castran a un toro para pedir deseos.

Pasando la galería está la Scala de Milano, uno de los santuarios musicales por excelencia, pero de fachada modesta en comparación con otros edificios. Aquí en Canarias eso no pasaba. Aquí lo llamaríamos Auditorio. Lo diseñaríamos de forma que su estilo fuera el "abstracto explicativo". Diríamos que su forma representa el espíritu guanche frente al mar, o a un erizo de mar, o al ídolo de Tara haciendo el pino. Le daríamos un presupuesto de construcción y una fecha de finalización (el abstracto explicativo, caprichoso él, doblará el costo y acercará la apertura a las elecciones). Y por último, en el interior le pondríamos una acústica con fallos, porque los auditorios, como su propio nombre indica, son para verlos.

Admirando la Scala hay una estatua de Leonardo Da Vinci, que en su paso por Milán se dedicó a pintar paredes de iglesias, dejando en Santa Maria delle Grazie la "Última Cena", la cual para ser visitada tiene una cola como la de la seguridad social. Curioso, este hombre pinta en las paredes y es un genio, y a mi por escribir mi nombre en una mesa me castigaron después de clase (no debí poner mi nombre, debí suponer que era una pista muy descarada).

Siguiendo en línea recta se llega al Castello Sforzesco. Un castillo mil veces demolido y alzado tras las múltiples batallas, y con unos jardines enormes en su interior. La historia de la ciudad es la historia de este majestuoso castillo.

Cuando me coge la noche me vuelvo a la Plaza del Duomo, me siento en las escaleras que están frente a la catedral, me pongo los auriculares y me siento a mirar. Así es como Garibaldi y yo nos apostamos cuantos de los presentes en la plaza eran italianos y cuantos turistas. De este modo, con una absurda discusión con una estatua, y con una canción de Carmen Consoli como hilo musical (Maria Catena se llama la canción) pienso que en el mundo no puede haber nadie más feliz que yo.

Pero el hambre y el sueño rompen la magia y me hacen volver a la residencia donde mis amigos me hospedan. Mañana será un gran día, empiezo realmente mi viaje con dirección a Zurich. A partir de mañana el mundo a visitar me es desconocido.

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