Día 1: Il ritorno

Salgo de casa y cojo un taxi llegando al aeropuerto de Los Rodeos a las 5:15, pero Los Rodeos no abre hasta las 6:00 por lo que me toca coger frío y aire solito. Solito porque no aparece ni un alma por allí hasta las 5:45. A lo largo de mis 45 minutos de espera cobra sentido en mi cabeza la idea de la autoinmolación.

Saco el billete para subir al avión (previa frase de la señora que pesaba el equipaje de: "Que ligero mi niño, así da gusto"). El túnel que lleva hasta el avión me recuerda a la película E.T (sí, ¡cuándo lo aíslan los federales!), pero como nadie iba a coger el chiste me río yo solo.

En el avión me siento en el 12-B, que no es ni ventanilla ni pasillo, es el centro (si fuera político me gustaría, pero como no lo soy me indigno en silencio). La cosa se agrava al ver que en el asiento de pasillo no hay nadie, pero me da corte ponerme allí (por no sé muy bien que razón, mi cerebro me dice que alguien vendrá allí, aunque a la vez me dice: "sí hombre sí, ya verás como en la próxima parada sube alguien").

La azafata tira en el asiento vacío las cosas con las que después llevará a cabo un baile casi hipnótico en el que ella y una compañera hacen gestos señalando hacia los lados. Lástima que fallara el audio, porque sin música está claro que el baile pierde.

Del viaje no puedo contar mucho porque me dormí. Hice bien, porque la caminata que me esperaba en Barajas hasta la puerta H-28 para coger el avión destino Milán era bonita. Cuando llevaba un rato caminando le pregunto a uno de los miembros de seguridad si estaba equivocado de camino o no (no me fio de mí). Me dice que voy bien, que no me queda mucho, descubre que soy de Canarias (no hace falta ser segurita para adivinarlo) y me dice que vive en Arinaga. No sé si entendí mal, pero si no es así le digo desde aquí que no le compensa vivir en Gran Canaria y trabajar en Madrid.

Celebro el hallazgo de la puerta H-28 viendo los mensajes del móvil. Y entre los "pásalo bien", "no vuelvas", "Vodafone publicidad" y otros, embarco rumbo a Milán.

Del viaje no me vuelvo a enterar. Al llegar a Malpensa (aeropuerto de Milán) me recogen y me llevan a ver a conocidos de esos de los que nunca sabes cómo has perdido las relaciones. Gran cena en buena compañía, noto que mi nivel de italiano ha caído mucho (hace 3 años que me fui y eso se nota).

Salimos por la noche en lo poco que tenía abierto Milán un lunes. Cuando cierran nos retiramos con unos truenos amenazando al fondo del cielo de la ciudad (¿tendrá fondo el cielo?), pero donde estábamos nosotros ni una gota. Fue ese el momento en el que expliqué que eso era como las carreras de fórmula 1, en las que en una parte del circuito llueve y en otra no. Con esa penosa comparación se dio por concluido el día intentando no pensar ni razonar la misma.

Comentarios

MITICO ELI!sigue contando,

MITICO ELI!sigue contando, por favor!

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