Atención, hay un orador en el aula

Aquel sonido le había acompañado durante la mayor parte de su vida. Cuando Samuel aún no había cumplido los cinco años, la señorita Elena, con su elegante e impecable babi, talla gigante, llenaba el aire de sus orejitas mientras le arrancaba aquel sonido a los triángulos, cuadrados y redondeles que la tiza iba creando en el pizarrón. Aquel día, aquel sonido en aquella aula le trajo a la memoria el inmaculado babi de la señorita Elena, los muros de ladrillo cara vista que daban color a todo el colegio y, ah, el sugerente sabor a plastilina.

El catedrático, el orador, apuntaba y subrayaba conceptos en la pizarra mientras, con la voz ronca que se escapaba desde su blanca y espesa chiva, apuraba de corrido la tercera hora de clase. Ningún alumno decía nada ni articulaba queja alguna, sólo una chica se levantó y salió de la clase para sorpresa del orador, pero tres o cuatro minutos después volvió a entrar con un halo de inocencia iluminándole el rostro. Si no hubiera sido por el visible cansancio que se acumulaba en los párpados de los oyentes, parecería que éstos preferirían estar allí, en esa misma aula escuchando las elaboradas teorías del orador, que en cualquier otra parte.

“… El ser humano, el hombre, como siempre se ha dicho sin ningún tapujo, lleva en su naturaleza un componente agresivo que, como tal, tiende a superarse. Antropológicamente hablando, es decir, desnudando sus vergüenzas históricas más vetustas, ¿eh?, el hombre ha evolucionado con el componente de la violencia como pistón fundamental de ese mismo movimiento. Una violencia, ¿eh?, que sólo es sosegada por el terror a recibir otro ataque violento igual o superior al ejercido. Cuando los chinos inventaron el arma de fuego, creo que fue en 1231, sí, porque…, sí, en el 31, ese pánico a sobrepasar el pacto tácito de un muerto tuyo por cada muerto mío quedó superado, por lo que se dio el pistoletazo de salida a las guerras modernas, que acabaría, como todos sabemos, ¿eh?, con los desastres de la Primera y la Segunda guerras mundiales. Esto es así, ahí está la historia, es mejor oponerse a la guerra con datos, ¿no?, que con un optimismo radical, como hacen algunos, ¿eh?”.

El orador intercalaba los chistes con las ideas, la sorpresa con los datos enteramente conocidos por la mayoría, elevaba la voz hasta arrancarle los ecos a las paredes para, luego, llegar hasta el susurro para meterles bien dentro del cerebro alguna idea catastrófica. Nadie ponía en duda la profundidad del saco de conocimientos que el orador dominaba como a un coche automático. Ese saco, durante largos años alimentado en discusiones, ciclos universitarios, conversaciones eruditas, con libros, grandes y no tan grandes, pequeños recortes, programas de radio, periódicos, ese saco, pensaba Samuel, funcionaba con la precisión del archivo de una enorme biblioteca, con la complejidad clasificatoria y la posterior sencillez del catálogo del Museo Británico, y probablemente esos conocimientos generaban tan pocos conocimientos que si hubieran estado desperdigados por toda la superficie de las estepas mongolas. Intentaba Samuel recordar un artículo de Francisco Umbral, en el que el artista comparaba la sabiduría de Ortega y Gasset, gracia que definía como “ilustración”, con la erudición de Salvador de Madariaga, al que atacaba con el insulto de “enciclopedista".

Comentarios

Hola Dani! Bonita historia,

Hola Dani! Bonita historia, me ha encantado el comienzo sobre todo.¡Qué recuerdos me traen la plastilina, los triángulos, los babis... el punzón y los zancos! Por desgracia, existen profesores universitarios cuya función aún no han descubierto, más allá de "vertir" toda clase de conocimientos.
Aún me acuerdo de tu viaje a Mozambique y reintero nuestra invitación a "Billete abierto" para cuando quieras. No te conocemos, pero nos encantaría que nos contaras tu historia. Escríbemos a: billeteabierto@nuevosperiodistas.com. Patri, comprueba si llega correo! Saludos y ánimo, a seguir escribiendo!

Hola, Daura. Me elegra que

Hola, Daura. Me elegra que te guste, es que hay que aguantar a cada uno en la facultad... Les escribí una vez al correo, ¡pero no hubo feed back! Igual no les llegó, bueno, ya dirán ustedes, ¡un saludo y gracias por comentar!

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